
Lunes, las siete y media y yo estoy como en una lata de sardinas dentro de un vagón de metro de la línea 6, camino de la estación Diego de León. El vagón está abarrotado, tanto que he tenido que dejar la mochila con el portátil a las manos de Dios. Se percibe un olor a humanidad, aparte de los consabidos empujones a la llegada y a la salida de cada estación. Siento un empujón a la altura de mis nalgas, pues va bueno el de atrás si se piensa que me voy a mover. Le devuelvo el empujón, no vaya a ser que se piense que lo ha conseguido. Se repite la escena, pero esta vez siento una dureza añadida que no termina de desagradarme. Comienzo a sudar, mi temperatura corporal se eleva, quizás esto signifique un buen comienzo de semana. Empiezo a alegrarme de haber escogido hoy como prenda una falda con abertura por detrás. Retrocedo un poco para aumentar la presión, hasta que la abertura de la falda cede. Puedo escuchar su respiración entrecortada. La dureza se hace ahora más intensa, intentando sortear el escudo que supone mi tanga. Le ofrezco mi ayuda, hago como si buscara mi portátil para colocar mi trasero en pompa y acompaño su movimiento ayudándome del traqueteo del tren. Rompo en gemidos que ahogo con la mochila del portátil. ¡Benditos sean los lunes!
MARIA TERESA ELIZONDO ARMENGOL

