RECETA NÚMERO UNO

disponga la pasta de tamarindo, la guindilla y el ajo, la salsa de pescado, el azúcar, en el wok con la base ya caliente.

reduzca el fuego y añada al wok las zanahorias,.

deje cocer la sopa a fuego lento.

añadir las cerezas y las gambas, rehógelo todo cinco minutos.

páselo a una sopera y sírvalo caliente.

jueves, 26 de agosto de 2010

GOLF


En el green ella luce fría como una esfinge que ha cobrado vida. Apenas si sonríe cuando emboca la pequeña bola en uno de los hoyos. Pero cuando llega al vestuario se convierte en una fiera: las pupilas se le dilatan y la boca se le entreabre en un suspiro mientras tantea los palos sopesándolos para elegir uno. Para escoger aquel que se meterá con ella bajo la ducha y paliará su fiebre.
Su cuerpo se predispone mientras se desnuda, irguiéndose sus pezones. Los músculos se tensan y se relajan alternativamente bajo el chorro de agua y se deleitan con el roce de la esponja enjabonada hasta que las entrañas se le acaloran y le exigen más movimiento. Entonces ella juega con el palo elegido y lo frota entre sus piernas, lo mueve con la mano hasta que las caricias se vuelven hondas y le obsequian un gozo tras otro, que se obliga a acallar con los labios apretados contra los azulejos.
Si alguien la hubiera visto alguna vez, el caddie aún estaría en su puesto. Quizás cualquier mortal hubiese comprendido por qué lo encontraron lamiendo desesperadamente uno de los palos, como si no hubiese podido resistirlo, y sin que pudiera explicar su exótica conducta.

Isabel Ali
Tu ombligo


No tengo que explicarte que mi momento favorito del día es justo antes de acostarnos, cuando me dejas a mis anchas con tu ombligo y puedo buscarle las cosquillas, deformarlo en una nueva geometría, descubrir su sabor nocturno. Y tú también tienes que confesar, picarona mía, que a ti tampoco te disgusta, y no sólo porque ahí guardas uno de tus centros erógenos, sino porque es también el escondrijo de la válvula con la que te he de hinchar.
Después nos acostaremos en nuestra cama y nos querremos como siempre, o soñaremos que nos queremos de una manera distinta. Y éste será nuestro secreto, sólo nuestro. No se lo diremos a nadie. Ni siquiera al portero. Ya cometí una vez la imprudencia de comentárselo y desde entonces me mira de una manera distinta, como si fuera un degenerado, y ni siquiera me guarda las peras que le sobran. No comprendo ese rechazo tan abierto, cuando lo que tenemos tú y yo es el amor más natural que pueda haber. Después de todo, yo también soy hinchable.



Jesús Fernández Salido
Exhibicionista
Mire, oficial, yo estaba allí, sentada en ese banco. Entonces él llegó y se sentó justo frente a mí. Se metió la mano en la portañuela y se sacó aquella barbaridad, oficial. Sí, era una cosa monumental. Me quedé boquiabierta. Empezó a tocársela, a manosearla de arriba abajo, de abajo arriba, mientras me miraba. Por eso, pasó lo que pasó. Yo me puse nerviosa, oficial, y empecé a chuparme un dedo, imagínese, no sabía qué hacer, desde chiquita me da por eso. Pues, parece que le gustó, porque empezó a farfullar cosas: “mami rica, sí, qué rico, dale mami”. ¡Imagínese usted, oficial, qué podía hacer! Yo iba por tres dedos, y él iba aumentando la velocidad. Por eso, pasó lo que pasó. No pude más, oficial, estaba ahí sentado justo al frente, ahí mismo, sí, apuntándome con aquella cosa descomunal. Ese hombre es un maniático, oficial, seguía restregándosela, y yo sola, solita en alma. Entonces, pasó lo que pasó, no soporté más y me saqué los dedos de la boca, abrí los pies, me subí la saya, me corrí el blúmer, y empecé a tocarme al mismo ritmo y a decirle algunas cositas, usted sabe... Se levantó de pronto, sin terminar siquiera —y yo apenas había empezado, ¡figúrese!—, se guardó la monstruosidad y comenzó a gritarme: ¡Cochina! ¡Puerca! ¡Voy a llamar a la policía! Entonces, bueno, llegó usted...