GOLF
En el green ella luce fría como una esfinge que ha cobrado vida. Apenas si sonríe cuando emboca la pequeña bola en uno de los hoyos. Pero cuando llega al vestuario se convierte en una fiera: las pupilas se le dilatan y la boca se le entreabre en un suspiro mientras tantea los palos sopesándolos para elegir uno. Para escoger aquel que se meterá con ella bajo la ducha y paliará su fiebre.
Su cuerpo se predispone mientras se desnuda, irguiéndose sus pezones. Los músculos se tensan y se relajan alternativamente bajo el chorro de agua y se deleitan con el roce de la esponja enjabonada hasta que las entrañas se le acaloran y le exigen más movimiento. Entonces ella juega con el palo elegido y lo frota entre sus piernas, lo mueve con la mano hasta que las caricias se vuelven hondas y le obsequian un gozo tras otro, que se obliga a acallar con los labios apretados contra los azulejos.
Si alguien la hubiera visto alguna vez, el caddie aún estaría en su puesto. Quizás cualquier mortal hubiese comprendido por qué lo encontraron lamiendo desesperadamente uno de los palos, como si no hubiese podido resistirlo, y sin que pudiera explicar su exótica conducta.
Isabel Ali


